Conferencia Inagural
ANTES DE LA EXPOSICION DEL DR: CARLOS FLORIA, EL PRESIDENTE DE LA SAAP, DR. ARTURO FERNANDEZ, EN NOMBRE DE SU COMISION DIRECTIVA, LE HIZO ENTREGA DE UNA PLAQUETA QUE EXPRESA EL RECONOCIMIENTO DE LA COMUNIDAD POLITILOGICA NACIONAL A SUS APORTES TANTO EN MATERIA DE PRODUCCION CIENTIFICA COMO EN LA ORGANIZACIÓN Y EL DESARROLLO DE LA ASOCIACION ARGENTINA DE CIENCIA POLITICA. |
Amigos de la SAAP:
Me siento honrado por la recepción que ustedes me han brindado, con generosidad excesiva condensada en palabras del profesor y amigo Artuiro Fernández.. Quiero hacer una breva excursión por anécdotas y reflexiones atinentes a una experiencia personal aunque aplicada a una contribución para el mayor relieve de la ciencia y el análisis político. Imperfecta en su gestación fue al cabo útil merced a los debates, crìticas y correccio9nes que fueron decantando el propósito inicial. Tenía presente,entre otras enseñanzas, las de Raymond Aron, aludidas en una reflexión sobre su experiencia intelectual que el gran pensador y analista supo resumir en el pasaje siguiente:
“Unos cuarenta años atrás, sobre las riberas del Rhin, mientras leía apasionadamente a Hegel, Marx y Max Weber, concebí el proyecto que hice mío: pensar la Historia en tren de hacerse, asumir las servidumbres con toda la lucidez posible, descifrar su significación sin olvidar jamás que esa significación no está inscripta en los hechos ni determinada con anticipación...”
El observador comprometido se había propuesto lo que fue clave en su vida: la historia del presente, una historia actual, frente a la cual la mayoría de los historiadores tradicionales se detiene con una mezcla de duda y temor. Esta historia, sin embargo, es posible en la medida que el historiador domine sus pasiones y declare sus preferencias valorativas -la absoluta objetividad no es propia de las ciencias sociales-, pero se distinga del ideólogo militante o del político manipulador del pasado.
Esas lecciones de Aron tienen total pertinencia para la explicación política de nuestro presente a partir de una interpretación apropiada de nuestro pasado. Interpretación que, aplicada al pasado nacional y al pasado internacional, no puede ser sino problemática y, por lo tanto, no aceptable para todos. Pero el “espectador comprometido” debe intentarla como un nivel indispensable del conocimiento político. Aun sabiendo que la imparcialidad debe pasar, para ser probable, a través de un filtro eficaz: el método cuyas etapas son el relato, el análisis, la interpretación y la crítica.. Ese recorrido intelectual hace que lo inexplicable en apariencia y destino sea probablemente explicable, en el sentido de inteligible. Michel Winock, examinando lo que llama “el siglo de los intelectuales” -título de su ensayo de 1997-, señala que Aron publicaba en medio de la lucha ideológica -proclive a una literatura a menudo delirante- y sorprendía por un tono que “no era de época”, un tono... moderado. Moderado pero no desde un carácter débil, sino desde una experiencia aprovechada, una cultura adquirida, una pasión dominada, una razón razonante, combinación de mesura en las palabras y firmeza en la conducta.
En tiempos próximos a los que contenìan esas experiencias, registro el conocimiento y parricipaciòn de Giovanni Sartori en una secuencia de reflexiones aplicadas muy directamente a la reelaboración de los planes de estudios políticos, necesitados de un recorrido delicado y sofisticado que tuviera en cuenta --`por decirlo asì—varios niveles de análisis. En primer lugar, en la mejor tradición de Maquiavelo, la lectura de la historia.
No ya el “revisionismo”, que como se ha experimentado entre nosotros y en otros, es una suerte de ideología de la revisión, el reemplazo de una “historia oficial” por otra. Porque, deberia saberse, la llamada “historia oficial” siempre el “penúltima”, por mejores que sean las intenciones de quienes pretenden clausurar, con su versión, las que dicen corregir, desmentir o neutralizar.
El segundo nivel de análisis concierne a la sociedad.
Una lectura de la historia enderezada hacia una mejor explicación política no es suficiente por sí sola si no es seguida por lectura de la sociedad -como se entrevió en el recorrido precedente-, de lo que le sucede a la sociedad y no sólo de lo que sucede en la Casa Rosada, en los ámbitos públicos y privatizados del poder. ¿Qué había sido de las coaliciones sociales de base de los partidos políticos, profundamente cambiadas, si se comparan las reconocibles en los años cuarenta y las boyantes, por decirlo así, de los años setenta en adelante?
Una sociedad envilecida en parte por el miedo era por entonces una sociedad progresivamente ganada por el escepticismo hacia las mediaciones entre ella y el poder –como lo demostraría en dramáticas recaídas posteriores-. En ese punto irrumper un tercer nivel en la secuencia que integran la historia y la sociedad: la lectura de las instituciones... Éstas expresan las mediaciones entre la sociedad y la autoridad, entre la sociedad y el Estado. Si carecen de arraigo, el poder queda desnudo, poseído por la tendencia hacia la reducción a la unidad que caracteriza una parte fundamental del fenómeno político, y por lo tanto, cada vez más lejos de una legalidad que lo contenga.
Estamos recorriendo un esquema de análisis útil y accesible, al mismo tiempo que
expresivo del desarrollo de las teorías y comportamientos de lo político. Ese esquema, consiste en describir la sucesión depeercepciones del poder y del Estadoo en la historia del pensamiento y en la experiencia histórica. La primera percepción fue la del poder como fuerza:: el guerrero, el rey guerrero, el jefe consagrado para mandar, pero también los agentes policiales del poder fueron, durante siglos de historia, expresiones de aquella percepción. El valor que privilegiaban era la eficacia. Por generaciones fue así, hasta que esa forma de realismo político fue objeto de crítica filosófica y religiosa: ¿era admisible cualquier fuerza? La respuesta de nuevos teóricos, los liberales políticos, los Montesquieu, fue que la fuerza aplicada a la política debía ser una fuerza “calificada”. La calificación de la fuerza fue la ley. Y el valor privilegiado sería desde entonces y para esa escuela, la legalidad. Es la prédica fundamental del liberalismo político, de los Montesquieu, de Locke, por ejemplo, a quienes preocupaba contener el fenómeno del poder en su tendencia a la reducción total a la unidad. La fórmula de la república se aplica a esta contención. No es la fórmula democrática que alude al gobierno del pueblo, sino la idea de que el que gobierna ,quien fuera,debe tener límites. Límites que se terminarían traduciendo en cartas constitucionales, que procurarían desde entonces que el fenómeno del poder se resigne a la reducción parcial a la unidad. La democracia contemporánea -en el sentido del término con que se califica a los regímenes menos imperfectos- es una fórmula condensada de lo que en expresión completa es democracia republicana constitucional. Y si estas aclaraciones se hacen necesarias es en buena medida porque el ejercicio del poder y el estilo de ciertos líderes pueden entenderse como un regreso a formas de reducción progresiva a la unidad; son envolturas engañosas que evocan, en verdad, y según los casos, democracias autoritarias o repúblicas corporativas.
Las percepciones del poder no terminan en la consideración de éste como fuerza calificada por la ley, sino que se extienden a una suerte de óptimo político, que se da cuando la fuerza calificada por la ley –la legalidad- arraiga en la sociedad y se convierte en creencia colectiva, en la admisión y la vivencia de un principio de legitimidad, con sus reglas del juego y sus valores.
El esquema propuesto es útil, creo, para orientar la conversación acerca del bien común político. Una advertencia necesaria y desagradable es que en política nada es definitivo, por lo que la secuencia progresiva eficacia - legalidad - legitimidad se transforma en secuencia regresiva cuando la legitimidad democrática no es alcanzada y entra en crisis, la legalidad precedente no es sostenida y se cae en la fuerza autoritaria, dictatorial o totalitaria. La preocupación por lo que hoy suele llamarse calidad institucional puede expresarse a través de interrogantes: ¿dónde estamos? , ¿en un régimen de fuerza?, ¿en la legalidad constitucional plena?, ¿en la plena legitimidad según la cual la sociedad reposa en la creencia dominante en reglas y valores?
Una explicación política respetada en todo su recorrido secuencial me lleva a una primera comprobación: la historia que he vivido no contiene la experiencia de un régimen político legítimo que tradujese los principios propios de una democracia republicana constitucional. La declinación argentina deriva, pues, de un fenómeno de incultura e incivilidad políticas, puesto que la democracia no es un hecho de la naturaleza: coexiste con su propia cultura política, es un hecho cultural, si se prefiere decirlo así. Alcanzar y permanecer en la legalidad constitucional republicana y democrática nos ha resultado un ejercicio difícil con resultados hasta el presente precarios, y por lo tanto insuficientes para convertir aquel principio de legitimidad en parte de nuestras creencias colectivas, que no sólo se tienen -como advirtió décadas atrás Ortega y Gasset- sino en las que se está. La democratización de la república es un objetivo interior que deberá tener una política exterior correlativa, consistente en el cultivo del consenso en torno de valores básicos, de reglas del juego, y en políticas de largo plazo viables en el cuadro de los consensos precedentes. Una de las claves para esos procesos es la reconstrucción de la autoridad, en el sentido clásico del auctor, instigador de acciones libres y factor de certidumbre y confianza. En ausencia de la autoridad así entendida, los cambios progresivos terminan siendo reaccionarios, y al cabo se cultivará una “política literaria” (Aron) o el ritual de las “revoluciones gráficas” (Alberdi).
Volvamos nuevamente y en repaso expeditivo a la “lectura de la historia”. Esta vez recorriendo las cuestiones polémicas de nuestro pasado contemporáneo: los casi ochenta años transcurridos desde la crisis de 1930. El golpe de estado en el sentido moderno fue,entonces, experiencia inédita. Un golpe alentado por la nacionalismo antiliberal de raiz “maurrasiana”, para el que la democracia populista retrocedìa (para Maurras la democracia era un “fenómeno obsceno...”) frente al esteticismo de la monarquía como tradición francesa evocada en las grandes catedrales y sus arbotantes privilegiados: el poder militar y el poder clerical, es decir una iglesia subordinada al poder político. En la traducción de la derecha extrema de la época, evocaba una suerte de “teoría de la dictadura”, como con aprensión observó un nacionalista republicano, Julio Irazusta. La Corte Suprema aceptó el resultado de la crisis en una “acordada” (¡), lo que en realidad revelaba la ignorancia de las consecuencias frente a los tiempos revueltos de las revoluciones totalitarias y los expedientes intermedios, autoritarios.
Los años 40 fueron escenario del ascenso del GOU, una logia militar de inspiración nacionalista donde el entonces coronel Perón –quien había comenzado su carrera política en el ejército adhiriendo al jefe del golpe, Uriburu, para arrepentirse después según revela en su borrador de memorias de la crisis del 30, texto que conviene tener en cuenta—hallaría su “pelotón de reserva” para el ascenso que tiene primera culminación en el 45. Era una Argentina muy diferente a la actual. Apta para brindar al fenómeno peronista en ciernes una coalición social de base propia de una sociedad con fragmentación relativa: una clase obrera a la búsqueda de ciudadanía, sectores medios disponibles, y “clase alta” seducida por intereses de un sedicente “estado de bienestar” en esbozo atrayente.
El fenómeno peronista tuvo, pues, un nacimiento potente, un lider de masas cuando éstas se manifestaron por segunda vez en el siglo y una coalición social de base fiel. Fue un movimiento apuntalado progresivamente en un poder sindical –“columna vertebral”, definió Perón—resultado de un sindicalismo de encuadramiento. Si en el origen fue de la sociedad hacia el poder, en el Estado peronista fue desde aquél a la sociedad, a la amplia franja obrera, en experimento corporativo. La Argentina corporativa habría de mostrarse, desde los años 30 pero sobre todo desde los 40, como el “bajo continuo” de la política.
El movimiento, el estado y las corporaciones –obreras pero tambien empresarias—se tradujeron en una democracia autoritaria. El autoritarismo, como estilo y sustancia, atravesaría junto a las corporaciones décadas turbulentas. Polarización política, crisis y revoluciones, autoritarismo peronista desalojado provisoriamente por el autoritarismo antiperonista, y en etapas extensas y reiteradas, el autoritarismo militar.
La incapacidad política de una Argentina alterada para construir un sistema democràtico sostenido por una legitimidad consolidada, un óptimo político que no llegaron a vivir las generaciones coetáneas ni las contemporáneas, hizo de la crisis recurrente un elemento constitutivo de una cultura política declinante. No, pues, la cultura del conocimiento –la ciencia, las letras, el teatro, el cine...—sino ese universo con relativa autonomía que es la cultura política.
De donde la democracia constitucional y republicana –la tendencia a la igualdad en correspondencia con la tendencia al pluralismo competitivo y del poder contenido—sigue siendo una “idea nueva”, un proyecto incumplido, pese a la “política literaria” que se usa en el escenario, habitado por personajes pícaros.
Es preciso, en fin, atender a la dimensión ética de la vida personal y colectiva. Los argentinos necesitamos reconstruir la sociedad civil, el capital social, lo que implica la existencia cabal no sólo de ciertas instituciones, sino también de disposiciones de la gente. Quiero decir: se trata de no devaluar la palabra, de buscar la verdad y la veracidad, de respetar el argumento racional, de aceptar la prueba de la experiencia, de respetar la autonomía moral de la persona, de comprender la importancia de la sociedad como comunidad moral, y de reclamar de la dirigencia política y social ejemplaridad y cierta pedagogía cívica. Nuestra cultura política ha sido devastada por experiencias públicas de cinismo, resignación, psicología de la decadencia y cultivo de los entornos disponibles para el autoengaño. Son experiencias procedentes de un extenso pasado que fue dejando de lado el cultivo de las pequeñas virtudes -la amistad civil, el sentido positivo de la tolerancia, la solidaridad- degradadas por comportamientos dirigentes que en su tiempo Aristóteles reprendía: “quien rehúsa reconocer lo que es manifiesto, o miente, o manipula la ley, desprecia a quienes se dirige, porque sólo delante de aquellos a quienes despreciamos no expresamos vergüenza [por una conducta vergonzosa].
CF.2007